El padre y la lactancia

El padre y la lactancia

EL PAPEL DEL PADRE EN LA LACTANCIA MATERNA
(espacio)

La publicidad presenta a menudo la imagen del padre moderno que da el biberón a su hijo, como muestra de la liberación de la mujer y del nuevo modelo de familia que debemos desear. Nada más opuesto, sin embargo, a los derechos de la mujer y del bebé que la supresión de la lactancia natural que esa imagen implica.

La lactancia es cosa de dos: la madre y su bebé. Y significa un especial modo de relación entre las dos personas más allá de la alimentación, relación tan especial e intensa que en gran medida eclipsa para la madre cualquier otra atención. Ahí – en las otras atenciones – encuentra su lugar el papel del resto de personas de la familia, generalmente de modo singular el padre, aunque puede ser otra persona cercana quien desempeñe esta función.

La función del padre se resume en facilitar el establecimiento y desarrollo de esa especial relación entre madre e hijo llamada lactancia materna.
Puede explicarse en cuatro ideas clave.

La primera idea clave consiste en que el padre no debe suplantar ni a la madre ni al bebé. Una relación entre dos personas no puede establecerse ni funcionar si una de ellas es suplantada frecuentemente por un tercero. El padre suplanta el papel de la madre cuando, provisto de biberón a falta de lo que la naturaleza no le proporciona, alimenta habitualmente a su hijo o hija. El desarrollo del bebé demanda un primer vínculo con su madre, vínculo primordial que crece en el contexto de la lactancia humana. Más adelante, sin tener que dejar la lactancia, el niño se abrirá a la relación con otras personas. Es contraproducente pretender una determinada relación paterno-filial antes de tiempo.

Es posible, por otra parte, que el padre reclame ser el destinatario central de la atención afectiva de la madre, lo cual supone suplantar el espacio del bebé justo cuando la afectividad de madre e hijo se necesitan mutuamente de ese modo único. El resultado no puede ser bueno.

La segunda clave se refiere a que el padre favorezca la relación especial entre la madre y el bebé, encontrando su propio nuevo modo de relación con ambos. La relación del padre con el bebé puede ir sentando unas sólidas bases sin necesidad de suplantar ni interferir en la lactancia materna, mediante actividades como cambiar los pañales, bañar, pasear al bebé, llevarle en brazos o en mochila, tenerle en brazos, dormir junta toda la familia, enseñarle libros y dibujos, hablar cantar jugar y bailar, darle masaje, etc.

En cuanto a la nueva relación con la madre, si bien ya nunca será igual que antes del primer hijo, las oportunidades de manifestar y poner en práctica el amor de pareja se multiplican por la senda del apoyo incondicional a la madre en su nuevo papel, la escucha y la comprensión (o apoyo y escucha aun sin comprender), la asunción de tareas familiares de todo tipo, o la atención a hijos mayores y a cualquier otra necesidad.

Como tercera idea, y en el camino de la concreción de lo anterior, es fundamental que el padre se responsabilice del funcionamiento material de la casa, es decir que proporcione a la pareja madre-bebé el soporte material necesario para evitar a la madre preocupaciones excesivas que la distraigan de su centro de atención afectiva. Esto significa que el padre se hace cargo de mantener en orden la economía doméstica, las compras, comidas, limpieza, gestiones.

Obviamente, no tiene sentido pretender que la casa reluzca de brillo, es normal que en los primeros meses del nuevo hijo la logística de la casa sea de subsistencia; no es necesario más, y cada familia encuentra sus fronteras de lo aceptable en este campo. No se trata de que la madre se desentienda por completo, sino de que las preocupaciones domésticas no le pesen tanto como para descentrarle de la nueva relación que está construyendo con su hijo o hija, de la cual la lactancia es vehículo, expresión y realización práctica.

Por último, la figura del padre es la del soporte afectivo-emocional de la madre en esta etapa. En torno al nacimiento y durante bastantes meses después, el mundo afectivo y emocional de la madre es nuevo y cambiante. La naturaleza compensa la intensa exigencia de criar un nuevo hijo mediante la incomparable gratificación que produce cultivar el vínculo afectivo con la nueva personita (¡qué duro si se impide!). Pero al mismo tiempo la madre precisa una base afectiva firme en que apoyarse. Precisa saberse querida, valorada, protegida, no sólo materialmente sino también psíquicamente. La figura del padre en la familia es privilegiada para representar ese apoyo seguro para la afectividad de la madre.

El soporte emocional se plasma no sólo en la comunicación cariñosa y las formas del trato personal, sino en la dedicación y asunción de responsabilidades tangibles, arriba enunciadas. Obras son amores, y en la práctica el apoyo afectivo ha de incluir auténticamente las otras tres ideas clave.

Algunas otras cuestiones:

Una práctica que ayuda en gran medida al buen desarrollo de la lactancia humana natural es el colecho, que posibilita las importantes tomas nocturnas facilitando el descanso de la madre. Compartir por parte del padre el colecho con madre e hijo es una oportunidad excepcional para desarrollar la implicación paterna en la lactancia, afianzar los lazos familiares y sentir la propia contribución en la crianza.

Para interpretar con carácter general el papel del padre, conviene recordar las distintas funciones de la madre y el padre para el niño. La madre lo es inicialmente todo, y paulatinamente va siendo en esencia refugio, descanso, alimento, consuelo, seguridad, en suma todo lo relacionado con reponer fuerzas y sentirse acogido incondicionalmente. Poco a poco, en la medida que el niño se abre al mundo, la figura paterna sirve al niño como canal e iniciador en la exploración: el padre es el preferido para la calle, el parque, la aventura, el deporte, en resumen todo lo que represente gastar las fuerzas en los desafíos del mundo exterior. Es alrededor de los 8 meses cuando se aprecia un primer paso en la búsqueda de esta función paterna, y hacia los 2 años se inicia una nueva fase más atrevida en el mismo sentido, dentro de un proceso continuo a lo largo de toda la infancia (y tal vez más allá).

Como última nota, merece mencionarse que la madre lactante suele experimentar una disminución de su apetito sexual, por un tiempo notablemente más largo de lo que a los hombres puede llegar a parecer razonable. Quizás esto contribuya a explicar la presión que ejerce esta sociedad marcadamente patriarcal por suprimir la lactancia natural (para mantener así a la hembra a disposición sexual del macho). Esta situación de la madre lactante debe ser reconocida tanto por el hombre como por la mujer en coordenadas de profunda comprensión mutua, si ha de ser convertida en ocasión para que la relación de pareja avance en vez de retroceder.

 

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